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RETABLO: Una artesanía fílmica de exportación

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Ganadora de Concurso Nacional de Proyectos de Largometraje – DAFO 2014, “Retablo” es la única cinta peruana que fue seleccionada este año para la Competencia Oficial de Ficción del 21º Festival de Cine de Lima – PUCP 2017. Dirigida por Álvaro Delgado Aparicio, co-guionizada por el talentoso cineasta Héctor Gálvez  y protagonizada por los experimentados actores Magaly Solier, Amiel Cayo y el adolescente Junior Béjar Roca (seleccionado en un casting de más de 600 participantes para el protagónico).

Esta ópera prima -que tiene conexión y germen temático con un trabajo previo del director, hablamos del cortometraje “El Acompañante” (2012)- narra la historia de la Familia Paucar, centrándose específicamente en Segundo Paucar, un jovencito de 14 años que está siendo entrenado por su padre Noé (un maestro retablista ayacuchano) para continuar con el legado familiar. Camino a una fiesta patronal, el hijo observa por accidente a su padre en un acto que hace que todo su mundo se le venga abajo.

Como vemos desde la sinopsis oficial se nos omite adrede ese acto en palabras; un acto presente, pero oculto: la homosexualidad en los Andes. La película pone sobre la mesa el tema de un modo sutil y elegante. No es el motor principal sino más bien una detonante que se extenderá a lo largo de todo el relato para desarrollar otro tema más importante: el amor paterno-filial ante lo adverso. Para ello, la película se construye como si fuera un retablo (que son coloridas cajas rectangulares hechas de madera y con doble puerta, y en el que se moldea/representa a base de una pasta hecha de papa y yeso las más variadas actividades o acontecimientos andinos en miniatura).

El director cual retablista abre las puertas de su historia y nos muestra cada escena de un modo similar a la preciada artesanía ayacuchana: mostrando los más significativo y dramático, a la vez que oculta y sugiere información para los ojos espectadores. De hecho, nunca cae en el melodramatismo, ni acentúa el tono contemplativo, tampoco es tan costumbrista, ni tan folclórica y eso se lo debemos a su original y sólido guion que (digamos) está dividido en tres momentos importantes:  la instrucción (desde que Noé enseña a Segundo la confección y venta de retablos), la culpa (desde que Segundo descubre el secreto de su padre hasta el ataque homofóbico por parte de los vecinos y amigos) y el amor (desde que Segundo decide estar del lado de su padre hasta cerrar en casa ese secreto familiar).

Vista así, estamos pues, ante una historia de aprendizaje y maduración, donde la performance y el peso narrativo lo ha de llevar Segundo Paucar, interpretado acertadamente por el joven y debutante actor Junior Béjar Roca. Se acoplan y lo secundan las equilibradas actuaciones de Amiel Cayo como “Noé” (un padre dedicado al trabajo, cumpliendo su rol familiar por pura formalidad e interesado más en dejar sus conocimientos al hijo, aunque se deja aplastar por las convenciones sociales), Magaly Solier como “Anatolia” (la clásica madre de mentalidad andina, ella forma parte de la heteronormatividad más rígida y tradicional desde el ámbito femenino) y Mauro Chuchón que interpreta a “Mardonio” (el amigo de Segundo que representa la vulgar, activa y verbalizada homofobia imperante). Técnicamente la película tiene una factura impecable, su fotografía, el diseño de arte, la música y el sonido encajan perfectamente.

Por otro lado, la película recurre a la lengua quechua casi a un 99 porciento de la cinta. Y es ahí cuando nos preguntamos sobre si esa realidad lingüística tiene sentido (o es real) teniendo en cuenta el tiempo y contexto en la que se desarrollan los hechos: Ayacucho Rural Post Violencia Terrorista (donde el bilingüismo desde entonces ya está bastante diseminado). Otro punto que llama bastante la atención es el enfoque o mirada que el director da sobre el mundo andino quechua: un tanto parcial, desde afuera, ni tan distante, pero tampoco tan cercano, retratando casi con fascinación, como sorprendido, cual turista. Su  lectura o estilo lo emparenta de alguna manera a “Madeinusa”, la lograda ópera prima de la cineasta peruana Claudia Llosa, donde la  reelaborada y occidentalizada cultura quechua llevada a la pantalla grande dividió a gran parte de investigadores, críticos y espectadores. Particularmente, “Retablo” no escapará de ello, y desde mi óptica personal, concluyo que el producto termina siendo algo de exportación por su empaque, para los ojos extranjeros, que es donde la película tendrá, sospecho gran aceptación por parte del público. Además que auguro una buena cantidad de premios en festivales.

Puntos aclarados, cerraré diciendo que “Retablo” es una transgresora, estupenda y necesaria cinta, hoy más que nunca, porque nuestro país no es del todo tolerante con las minorías sexuales, y es casi nulo en contextos donde las costumbres y la normas son bastante rígidas, lo es más en las zonas rurales y todo el interior de nuestro Perú.

PUNTO APARTE

Debo aclarar (para algunos curiosos) que la cinta no es la adaptación fílmica de la premiada novela ayacuchana “Retablo”, del escritor Julián Perez Huarancca (centrada en la violencia terrorista de la década de los 80) ni tampoco es la primera cinta peruana en tocar el tema de la homosexualidad, pues ya lo habíamos visto de manera impactante, cruda e irregular en “El Pecado”, del ayacuchano Palito Ortega Matute (basada en la vida de un popular travesti en Huamanga).

® Héctor Turco