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WIÑAYPACHA: ¡Una de las sorpresas del año!

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La ópera prima de Óscar Catacora llegó al 21º Festival de Cine de Lima, a través de su Sección “Hecho en el Perú”. La película cuenta la historia de Willka y Phaxsi, una pareja de ancianos aymaras de más de ochenta años que viven abandonados a más de cinco mil metros de altura en los Andes del Sur Peruano (Puno). Enfrentan la miseria y el inclemente paso del tiempo, rogando a sus dioses para que su único hijo -migrante a la gran ciudad- vuelva a rescatarlos.

A simple vista parece una historia sencilla y minimalista, pero la película es mucho más que esas dos cualidades. El relato nos ofrece múltiples lecturas, eso dependerá de los entrenados ojos, profesión y cultura de cada espectador. Cargada de metáforas y simbolismos a nivel superficial y profundo, “Wiñaypacha” se sostiene gracias a la acertada dirección, guión, fotografía, sonido, arte y sus dos actores.

Con 96 planos estáticos y contemplativos, algunos generales y de larga duración, la cinta pone a prueba la capacidad de observación del público: 86 minutos. Durante ese tiempo somos testigos de la vida cotidiana de los ancianos: sus breves conversaciones, sus anhelos, sus ritos, sus carencias, su soledad. En general, el modus vivendi tradicional de la cultura aymara que aún perdura y batalla contra el tiempo y el olvido.

El medio en el que vive esta pareja de ancianos (cerros, nevado, río, campo, animales) es muy hermoso y de postal a los ojos foráneos, pero para los protagonistas es mucho más que eso. Su relación con el entorno se basa en el respeto y comunicación permanente, pues los consideran seres vivos: llaman al viento, hablan a la llama, ruegan a los cerros. Asimismo, ésta aparente armonía con la naturaleza llena de vida puede ir contra ellos: desprotegerlos, hacerlos vulnerables y castigarlos cual dioses. De hecho, hacia el tramo final de la película, que es la parte más dramática, cargada de incertidumbre y emotividad nos preguntamos como la anciana Pahxsi (Rosa Nina) a los Apus: ¡Qué error hemos cometido para estar pagando tanto abandono! Pues, desde la búsqueda de fósforos por parte de Willka (Vicente Catacora) hasta la impactante escena de las ovejas en el corral y el incendio todo conduce a un camino sin salida: el desastre es inminente e irreversible, duro y cruel. El fuego que en primer lugar es elemento de calidez y recurso principal para cocer los alimentos al final es símbolo de destrucción.

Cada escena, desde la primera (de registro casi documentalista y con un tono realista), muy bien planteada, coreografiada y compacta, va sumando y dando solidez a la historia gracias a su dirección. La fotografía -sin recurrir a elementos artificiales para crear atmósferas- capta la naturaleza tal cual es, apoyándose íntegramente de la luz natural; así como también lo hace con el registro de los sonidos ambientales que van a formar parte de la banda sonora y musical. Si hay un elemento de teatralidad en las escenas (por tener a “no actores”), ésta va jugar a favor del relato porque la lengua aymara es melodiosa, se habla como si estuvieran cantando o recitando.

PUNTO APARTE

Hace unos años tuve el agrado de leer el proyecto/guion de la cinta (yo formada parte del Jurado del Concurso de Proyectos de Largometraje Exclusivo para las Regiones del País – DAFO 2013), y debo admitir que era súper interesante la propuesta, pero teniendo en cuenta que son poquísimas cintas del interior del país que terminan bien llevadas a la pantalla grande, corrimos el riesgo -al menos yo- de darla por ganadora. Y ahora este año 2017, que ya está culminada, finalmente la pude ver, y he salido totalmente emocionado de la primera función.

En resumen, la ópera prima de Oscar Catacora es impecable, arriesgada y sólida a nivel técnico y narrativo. Sin duda, la cinta marca desde ya un hito importantísimo en nuestra cinematografía, especialmente de las regiones, en este caso Puno, y su director es una de las revelaciones del año.

Por Héctor Turco